Jorge Bergoglio en Corrientes. Una multitud se reunió sin saber del todo qué palabra se llevaría de regreso. Entre ellas, una voz se alzó para hablar de volver, de perdonar y de ser recibidos.
El aire de Corrientes parecía más espeso aquel jueves 2 de septiembre de 2004. No por el clima, sino por la expectativa. Miles de fieles habían llegado para el 10° Congreso Eucarístico Nacional, un encuentro donde la fe no se discute, sino que se respira. En ese escenario, todavía lejos del nombre que lo volvería universal, el cardenal Jorge Mario Bergoglio tomó la palabra.
No hubo estridencias en su presencia, ni gestos grandilocuentes. Apenas una voz que avanzó con calma, como si eligiera cada palabra con la misma paciencia con la que se encienden las velas. El tema de la jornada era la reconciliación, pero no se trataba de una consigna abstracta. Bergoglio la volvió historia.
Habló del hijo pródigo, sí, pero no como quien repite un relato conocido, sino como quien lo abre otra vez y lo deja respirar. Describió el regreso, la duda, la vergüenza de quien vuelve con las manos vacías.
En su homilía, la reconciliación dejó de ser un mandato para convertirse en posibilidad. No exigía heroicidades, apenas un movimiento interior… abrir el corazón, dejarse encontrar, aceptar que el amor de Dios no mide ni se calcula.
Entre la multitud, cada oyente parecía escuchar algo distinto. Algunos, tal vez, pensaron en sus propias distancias; otros, en las puertas que aún no se animaban a cruzar. Pero todos compartieron ese instante en el que la parábola dejó de ser antigua y se volvió urgente.
3.114 DÍAS DESPUÉS, SE CONVERTIRÍA EN EL PAPA ARGENTINO
Cuando la voz se apagó, no hubo ruptura. El silencio quedó suspendido como una continuidad necesaria. Afuera, la ciudad siguió su ritmo. Pero algo -difícil de nombrar, imposible de ignorar- había cambiado de lugar dentro de quienes estuvieron allí.
HIMNO
I. Jesucristo, Señor de la Historia,
que estuviste, estás y estarás;
sos Presencia, Esperanza y Memoria,
sos el Dios de la Vida, hecho Pan.
Sos el mismo Jesús que estuviste
junto al lago de Genesaret,
y ante el hambre del Pueblo exigiste:
«¡Denles ustedes, por Dios, de comer!»
Estribillo
¡Quédate con nosotros, Jesús, que
da miedo tanta oscuridad, no es
posible morirse de hambre en la
Patria bendita del pan!
¡Quédate con nosotros, Señor, que
hace falta un nuevo Emaús; la
propuesta será compartir como vos y
en tu nombre, Jesús!
II. Primitivo ritual de pastores,
que fue luego banquete pascual;
homenaje de nuestros mayores
al Dios vivo de su libertad.
Cena santa, signo y profecía,
memorial de Jesús servidor;
nueva alianza de la Eucaristía,
que es misterio de Fe y Comunión.
III. Sacrificio de la propia vida,
que se ofrece y se da a los demás;
Cuerpo y Sangre, Comida y Bebida,
que hace y nutre la comunidad.
Sos la Fiesta de cada semana,
que resume y celebra el amor
el amor que perdona y hermana,
y es sincera reconciliación.
Estribillo
IV. Jesucristo, Señor de la Historia,
que pusiste en el Vino y el Pan,
tu presencia real, tu Victoria,
sobre el tiempo, la muerte y el mal.
Que tu Madre, «La Virgen Morena»,
siga estando junto a «nuestra Cruz»,
y nos muestre que vale la pena,
entregarse por el Bien Común.
V. Somos hijos del «Dios Padre y Madre»
que es ternura y ayuda eficaz;
desde la Compasión y el Coraje,
reinventemos nuestra caridad.
Somos rostro de un Dios Trinitario,
que aparece cuando hay comunión,
cuando somos todos solidarios,
cuando el pobre es sujeto y señor.
Diario época


