Historia de vida. Susana Fernández desafió prejuicios en la recolección de residuos. En los años ‘90, cuando el servicio de recolección era un territorio exclusivamente masculino, ella fue una de las seis pioneras que salió a la calle a demostrar que no hay tareas de hombres ni de mujeres, sino voluntades. Hoy, como capataz de barrido, repasa una vida de esfuerzo.
En el barrio Doctor Montaña, el nombre de Susana Inés Fernández es sinónimo de trabajo y pertenencia. A sus 59 años, esta histórica empleada municipal guarda en su memoria los días cuando correr detrás de un camión de basura no era solo un empleo, sino un acto de vanguardia. «Mi nombre es Susana Inés Fernández, tengo 59 años. Soy de Corrientes capital, y vivo en el barrio Doctor Montaña«, se presentó con sencillez antes de sumergirse en un relato que es, en esencia, una historia de vida.
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Prueba de fuego nocturna
Susana dependía de la Secretaría de Obras y Servicios Públicos de la Municipalidad de Corrientes en el año ‘96. Pero su vínculo con la empresa Venturino comenzó de forma inesperada, en medio de un conflicto gremial. «Mi historia laboral en la municipalidad es de hace muchos años, pero en Venturino comencé en medio de un paro. Se necesitaba personal para levantar los residuos del casco céntrico. Yo tenía experiencia, pero en la calle, sin subir a un camión. Éramos un grupo de mujeres que teníamos que levantar a la noche todo lo que pudiéramos mientras que duraba la medida de fuerza en aquel momento. Eran dos camiones con tres mujeres en cada uno. Amanecimos juntando basura», recuerda sobre aquella jornada que marcó un precedente inédito para la ciudad.
Aquel «bautismo» de fuego decantó en un desafío mayor: la permanencia. «No era lo mismo al trabajo habitual que realizaba porque era en la calle, cuadra por cuadra. La verdad que a mí me gustó mucho el trabajo en el camión. Era correr, achicar, levantar, tirar. Yo fui la que quedé en un camión en el barrio Doctor Montaña después de eso. A mis compañeras que le tocó lo mismo que a mí esa noche, volvieron a lo suyo, dijeron que no, que no consideraban un trabajo para ellas».
Susana no retrocedió. «Yo seguí corriendo en mi barrio», afirmó con orgullo. «Me costó bastante porque de parte de la empresa no querían a una mujer. Sin embargo, tuve el apoyo de parte de un ingeniero, que prefiero resguardar identidad por respeto a él que ya no está físicamente y a su familia. Él era mi jefe. Yo elegí quedarme en mi barrio y ser recolectora en el camión».
LEYES DEL CAMIÓN
La permanencia no fue fácil, pero su determinación forzó una prueba piloto que duró ocho años. «Puse todo de mí para para lograrlo. Era un desafío grande porque creo que lo bueno que me pasó en ese entonces fue que tenía compañeros, buenos compañeros en el camión». Con una sonrisa, Susana rememora la dinámica de aquel trabajo de alta exigencia física: «Mucho dependía de ellos también que me enseñaran cómo, tal vez le suene repetitivo, pero ese era el lema: correr, achicar, saltar, levantar, tirar. Eran las leyes del camión, bajar cajas, juntar todo lo que se podía y dejar limpia la zona. Fue una prueba piloto que para mí resultó. Hoy es un poco difícil para mí recordar tanto, pero es inolvidable esa parte de mi vida».
Limpieza con mirada femenina y el nacimiento del reciclado
Para Susana, el trabajo no terminaba en vaciar un canasto. Había una obsesión por el detalle y el bienestar de su comunidad. «A mí me impulsó la falta de limpieza que había en mi barrio. Podíamos realizar ese trabajo de hombre, y siendo más detallista en cuestión de limpieza, podríamos nosotras lograr que nuestro barrio estuviera un poco más cuidado y limpio, que siempre fue el problema de la basura».
Bajo el Plan Trabajar, percibiendo 150 pesos de aquel entonces, Susana y su equipo femenino se ganaron el respeto de los vecinos a fuerza de carretilla, horquilla y pala. «La recepción de los vecinos era excelente. Juntábamos todo, no dejábamos ningún residuo. Y si hay algo que recuerdo siempre es el agradecimiento de un señor mayor que nos dijo: «Mujeres tenían que venir para hacer este trabajo y no dejar nada, que es lo que se necesita».
Esa misma sensibilidad la llevó a pensar en la economía de sus compañeras. Observando los camiones que transportaban plásticos, ideó un sistema de reciclado en su propio domicilio. «La idea del reciclado vino ante la carestía, y de escuchar a las chicas que necesitaban dinero para la escuela, para sus gastos. Hicimos un piletón en mi domicilio. Nos compraban las botellas blancas y las verdes. Era un esfuerzo que tenía su rédito, para todas por igual. Se trataba de lo mismo que ganaban por mes: 150 más, 150 era 300. Eso hacía que trabajaran con más ganas».
SIN RUBROS NI RÓTULOS
Consultada sobre el rol de la mujer en ámbitos tradicionalmente masculinos, Susana es tajante. «Como mujer, diría que no hay rubro ni rótulo para nada. En ese tiempo costó, costó bastante. Había mucha incredulidad que se pudiera hacer algo, más siendo una mujer. El solo hecho de ser mujer era decir, “no, no va a poder”. Creo que hoy día no existen, no, no puedo».
La clave es la voluntad: «El que quiere puede, aunque implique un esfuerzo. Querer es poder alcanzar. Hoy día me enorgullece saber que, ante cada obstáculo, fui demostrándole a mis jefes mi capacidad para lograr lo que quería».
PRESENTE DE ORGULLO MUNICIPAL
A lo largo de su carrera, Susana llegó incluso a liderar cuadrillas de hombres en la limpieza de zanjones a machete limpio. Hoy, ocupa el cargo de capataz de barrido, siendo una de las pocas mujeres en ese escalafón. «Cumplí muchos objetivos de mi vida. Soy mamá, tengo nietos, y me enorgullece ser empleada municipal. Creo que no hay nada más lindo que trabajar en lo que a uno le gusta. De ahí viene el refrán que dice: ‘Nunca vas a trabajar, si trabajás en lo que te gusta’. Y a mí me gusta», concluyó.
Entre sus anécdotas más queridas, guarda el recuerdo de una tarde en la costanera, trabajando a la par de los muchachos en un camión volcador, cuando una mujer que la observaba con curiosidad resultó ser la secretaría general de Gobierno. Fue un reconocimiento silencioso a una labor que Susana Fernández dignificó con cada bolsa levantada y cada cuadra dejada a nuevo, demostrando que, en Corrientes, la limpieza también tiene nombre de mujer.
Mónica Pared
Diario época

